Economía, organización para la producción y el comercio en Mesopotamia.

Economía, organización para la producción y el comercio en Mesopotamia.

El eje central de la economía en Mesopotamia, desde el punto de vista funcional, es: primero el templo y después el palacio, que luego bajo el mando de un gobierno teocrático se fundirán. De este modo, palacio y templo formarán una unidad que dinamiza las relaciones establecidas dándoles el sustento religioso, el fundamento político y los medios económicos necesarios.

El elemento básico sobre el que se construyen las relaciones económicas es la tierra mesopotámica. Es por ello imprescindible saber  sobre las distinciones en su propiedad:

1) Había tierras reservadas al dios de manera que lo producido en ellas venía destinado al culto divino y pago de raciones para todos aquellos que dieran servicio al templo.

2) Los campos que se reservaban para el cultivo directo de los sacerdotes y administradores más importantes de la institución.

(Estos dos tipos de tierra necesitaban mano de obra que se escogía muchas veces entre el campesinado empobrecido. Existían otros arreglos posibles. Así, muchos de estos campesinos libres socialmente se veían obligados a pedir créditos hasta la siguiente cosecha, créditos que eran otorgados por el templo directamente o por algunos de sus funcionarios. Además de la devolución de los mismos muchas veces se incluía la obligación por parte del campesino de recoger la cosecha de los campos de los prestatarios. Con ello se disminuía la frecuente escasez de mano de obra).

3) Los campos de cultivo eran tierras alquiladas a población campesina de modo que se recibiera de ellas una parte de lo producido.

Los alquileres, que se extendían habitualmente por dos o tres años, podían suponer hasta la mitad de la cosecha para el propietario pero habitualmente consistía en la tercera parte. De esta manera, tanto unos como otros obtenían una compensación.

El poderío templo/palacio proporciona a sus trabajadores, sean funcionarios, administrativos o personal ayudante, el sustento necesario para su manutención. Por ejemplo, se trataba de cebada (distribuida cada mes), lana y aceite (de reparto anual), elementos fundamentales en la dieta y vida cotidiana de la época. Estas raciones eran repartidas muy desigualmente según la importancia del trabajador. Mientras una tejedora podía recibir un máximo de 60 litros de cebada al mes, un escriba llegaba a tener un máximo de 300 litros y el capataz de una explotación agrícola hasta 1.200 litros al mes.

Igual sucedía en el caso de los artesanos, tanto los que trabajaban en el templo como fuera de él. Recibían las materias primas o bien de los mercaderes independientes o, más frecuentemente, de los que trabajaban para el palacio y templo. Con estas materias (cobre, sílex, etc.) elaboraban los productos manufacturados que daban al templo a cambio de sus correspondientes raciones o bien los intercambiaban por grano u otros materiales necesarios en el mercado de la ciudad.

Al tiempo, el templo fundamentalmente recibía una serie de ofrendas que volvían a constituir raciones al ser repartidas entre sus trabajadores. Muchos de los contratos entre campesinos, comerciantes y mercaderes se realizaban al amparo del templo, poniendo al dios como testigo del acto y del resarcimiento de las deudas contraídas. Esto motivaba la obtención de distintas ofrendas y regalos al dios que venía a incrementar la riqueza del templo, disponible siempre para el rey en caso de necesidad.

Por último los mercaderes. Como los artesanos, su trabajo es en cierta forma independiente del palacio pero lo cierto es que las relaciones que establecen son fundamentalmente con él. De este modo, sin llegar a ser funcionarios del mismo sí pueden considerarse elementos estrechamente vinculados. En muchas ocasiones, sólo el poder del palacio podía garantizar la posibilidad de determinadas rutas comerciales, la adquisición de todos los productos traídos en las caravanas. Sólo el templo y el palacio podían encargar para sus talleres y su importante ornamentación muchos de los productos de los que era carente Mesopotamia (madera, determinados minerales). Así pues, hay una relación privilegiada entre el palacio/templo y los mercaderes aunque estos no son estrictamente trabajadores del mismo y las raciones que reciben no son sistemáticas sino en función de los productos obtenidos.

La agricultura en la tierra mesopotámica está ligada a los dos ríos que la presiden. Ya se ha comentado la distinta productividad esperable en el norte, más seco, respecto del sur, donde los cauces se desbordan con facilidad extendiéndose por los márgenes y creando, particularmente en tiempo de crecida, numerosos brazos fluviales.

El Eúfrates y Tigris no colaboran en abundancia con la agricultura de la zona. Su crecida tiene lugar entre los meses de abril y mayo, cuando se funden las nieves en las montañas donde se originan, y es una crecida tumultuosa protagonizando numerosas inundaciones a medida que su curso le acerca al sur. Ello causa dificultades crecientes en el deseo muy antiguo de esta civilización de encauzar sus aportaciones ordenadamente hacia canales de irrigación que, por lo dicho, pueden quedar anegados con suma facilidad. Por este motivo, probablemente, se impuso en el sur la necesidad temprana de coordinar esfuerzos para construir canales y controlar las crecidas.

Las labores agrícolas comenzaban en otoño, cuando se rompía el suelo que había estado en barbecho el año anterior y se regaba al objeto de comenzar la siembra poco después. Cebada, escanda y trigo candeal eran los principales cereales objetos de esta tarea. Además de los cereales se cultivaban legumbres (lentejas principalmente), cebollas, lino, ajo. Habitualmente se utilizaba un embudo colocado en la parte trasera del arado por el que iba cayendo con regularidad el grano sobre los surcos. Las labores agrícolas son objeto de mucha atención y cuidado. Se calculaba la cantidad de grano necesaria, la distancia entre los surcos más adecuada, las herramientas imprescindibles en esta tarea.

A partir de ese momento era necesario asegurar un riego regular de los campos pero ahí comenzaban los problemas. El cauce fluvial en esta época es el más bajo del año y hay que esperar a primavera, cuando ya no es necesario, para que llegue a su nivel más alto. Esta disparidad entre los ciclos agrícolas y fluviales supone que es necesario aprovechar al máximo el agua que escasea desde otoño a primavera mientras que resulta necesario controlar debidamente las crecidas después.

La recolección, finalmente, se realiza sobre el mes de mayo. Después de lo cual viene la trilla y el aventado de lo recogido para conducir el grano, inmediatamente después, a los almacenes oportunos, sean particulares o los propios del templo y el palacio.

Uno de los cultivos más populares en este tiempo fue el del sésamo, posiblemente introducido en Mesopotamia en el tiempo de los acadios. Además de que su aceite se constituyó pronto en un elemento esencial de la dieta, gran parte de su éxito se debió a su ciclo de crecimiento. Se plantaba entre abril y mayo, poco antes de la recolección del cereal y su cosecha era en verano. De este modo se aprovechaba la mano de obra inoperante en este tiempo y que se ocupaba tan sólo, a la espera de la siguiente siembra, del mantenimiento de los canales de irrigación que los mesopotámicos construyeron en los márgenes de los ríos desde muy pronto.

En efecto, para asegurar el abastecimiento de agua en los campos todo el tiempo en que era necesario, se debían construir canales que extendían el curso del agua por gravedad. Para el máximo aprovechamiento de estos canales los campos se trazaban generalmente rectangulares y muy alargados, con el lado más corto sobre la acequia oportuna, de modo que se irrigase el mayor número posible de campos con el menor tendido de canales posible. Al mismo tiempo, esta forma tenía la ventaja al arar de que se minimizaba el giro del arado, siempre costoso de realizar.

Generalmente, los agricultores mesopotámicos realizaron una ingente tarea de construcción de canales de mayor o menor tamaño. Algunos de ellos se destinaron, no sólo al riego de los campos, sino al transporte fluvial. Pero durante mucho tiempo, hasta el primer milenio en concreto, no previeron cómo drenar los terrenos anegados por el agua sobrante. De este modo, el agua salía del cauce, corría por los canales, continuaba eventualmente por acequias más pequeñas y terminaba en los campos pero no se controlaba de manera suficiente como para impedir que quedasen muchas veces anegados durante largo tiempo. Dado que la evaporación es muy rápida debido a las altas temperaturas, se precipitaban las sales de tal manera que los campos resultaban empobrecidos.

El ganado más frecuente en toda Mesopotamia era, en general, compatible con la agricultura. Se trataba de las ovejas y cabras. Su lugar de pasto solía ser en los bordes de los campos cultivados, donde el agua sobrante lo hacía crecer en abundancia. Estos animales resultaban de un excelente aprovechamiento tanto para los ganaderos residentes en las montañas, que estacionalmente bajaban a los valles en busca de alimento para sus rebaños, como para los funcionarios, administrativos y, en general, las clases más pudientes en torno al templo y el palacio. La lana que producían era una materia prima de primer orden para la confección de tejidos y, en concreto, vestidos, al tiempo que los productos lácteos eran un elemento importante en la dieta del campesinado. Los propietarios de ese ganado que vivían en la ciudad tenían que contratar pastores de las aldeas para que cuidaran de los rebaños. Dado que no podían controlar su trabajo se solía llegar a un acuerdo que se ejecutaba tras el esquileo de los animales, en primavera. Este acuerdo consistía en determinar una tasa de productividad de animales considerando aquellos que habrían de nacer y de morir. Cualquier excedente de esta cantidad quedaba en propiedad del pastor, así como una parte de la lana que se producía y, generalmente, la leche. El propietario se garantizaba de esta manera una cantidad importante de lana, elemento de gran importancia económica hasta el extremo de constituir un material frecuente en la concesión de raciones.

Por contraste, el ganado vacuno (vacas, bueyes) presentaba características muy diferentes. Su alimentación era específica (cebada) y debía ser más abundante. Ello venía compensado por su aprovechamiento (productos lácteos y cuero, no tanto su carne) y por el hecho de que fueran una fuerza de tracción del arado especialmente adecuada. Con todo ello, sin embargo, el campesinado no solía disponer de un número crecido de estos animales si bien se han llegado a contabilizar por miles los registrados en los rebaños de templos y palacios. Sin embargo, como animales de tiro, este tipo de ganado no fue probablemente el primero ni tal vez el más utilizado. Ese lugar correspondería al asno y a un híbrido estéril entre él mismo y el burro salvaje, frecuente en las estepas. Siendo desconocidos durante mucho tiempo el camello y el dromedario, el asno se constituyó en el animal más importante para cargar los productos de las caravanas de mercaderes, mucho más cuanto que se introdujo la rueda y el carro, permitiendo entre otras cosas el mayor aprovechamiento de la fuerza de tracción de estos animales.

Mesopotamia es una tierra carente de algunos productos fundamentales como la madera para la construcción de barcos o material de construcción, así como diversos productos minerales como el sílex, el cobre, lapislázuli, cornalina, etc. El palacio o el templo encargaban estos materiales, además de productos de lujo con los que adornar sus paredes y tesoros (joyas, armas, vasijas de lujo, muebles, alfombras, etc.). Sin embargo, sus funcionarios y administrativos no eran las personas adecuadas para obtenerlos de tierras lejanas y era necesario que acudiesen a los comerciantes.

Se registran actividades comerciales constantes, siempre en relación con el palacio o el templo. Ello quiere decir que los mercaderes trabajaban por encargo de los templos y palacios, al objeto de satisfacer su demanda de materias primas de difícil obtención. Además, no es extraño encontrar transacciones donde el mercader pagaba en plata por productos en los que, en un momento determinado, el templo fuera excedentario. Lo interesante es que estos productos (lana, ganado vacuno, sésamo, por ejemplo, raramente cereal) aún no habían sido recaudados por el templo por lo que los mercaderes actuaban finalmente como cobradores de dichas deudas. Pese a todos estos datos que se deducen de la correspondencia y contratos encontrados en los archivos, se puede imaginar que los mercaderes trabajarían también por su cuenta, teniendo al templo o palacio como clientes preferenciales.

En el sur hay rastros de un activo comercio con las tierras del Golfo Pérsico (para traer cobre desde Magan, por ejemplo) así como con el valle del Indo (en productos de lujo).

Se han encontrado rastros de una actividad comercial intensa entre Asiria y la península de Anatolia. Caravanas de asnos debían marchar desde la primera hacia la segunda portando fundamentalmente estaño (procedente de las mesetas iranias y del que carecía Anatolia), necesario para obtener el bronce y productos textiles cuya confección era excelente entre los acadios. Llegaban a algunas ciudades como Kanish y allí se almacenaban los productos antes de su entrega. Se ha localizado una verdadera colonia asiria en las afueras de esta ciudad, casas de una arquitectura similar a las del país, utilizando la misma cerámica del entorno, pero con miles de tablillas que denotan transacciones, contratos y entregas de productos. El “karum” (muelle), tal como se conoce a este tipo de emplazamientos, disponía de su propia organización interna rigiéndose de forma conjunta por una asamblea de comerciantes presidida por un enviado de Asiria.

Tras el intercambio de los productos que traían por oro y plata sobre todo, los comerciantes reemprendían el camino de vuelta hacia Asiria. En todos los pasos efectuados habían de abonar impuestos, tanto de las autoridades asirias como de las anatolias. Pese a que estas tasas podían alcanzar el 40 % del precio de los productos, el comercio debía ser suficientemente lucrativo como para que durara entre cuatro o cinco generaciones y fuera luego férreamente controlado por los nuevos gobernantes asirios. Así, por ejemplo, una tela que costara en Asiria entre 3 y 7 siclos de plata por unidad se podía revender en Anatolia a un precio entre 10 y 14 siclos cada una. Ello representa una ganancia sustanciosa y, al tiempo, como todo el comercio, un intercambio de monedas, cambios y transacciones presididos por una notable capacidad numérica.

Fuentes consultadas:

Otero Espasindin, José. La Civilización Mesopotámica.1945.Editorial Atlántica. Buenos Aires, Argentina.

Suárez Fernández, Luis. Manual de Historia Universal.1979. Editorial Espasa-calpe, S.A. Madrid, España.

 

http://alejandromagnodiovueltaelparaguas.blogspot.com/2008/06/economa-de-mesopotamia.html

http://www.arqhys.com/tutoriales/2007/09/economia-de-mesopotamia.html

http://www.diomedes.com/hm_1.htm

http://www.geocities.com/rincondepaco2001/mesopotamia.html

http://www.scribd.com/doc/4920241/HISTORIA-DE-MESOPOTAMIA

Acerca del investigador/a

Edgar Rodriguez Edgar Rodríguez cursa la carrera de artes plásticas en le Universidad de las Ciencias y el Arte ya en su tercer cuatrimestre, es coleccionista de arte religioso, pinta y esculpe la misma clase de arte en sus ratos libres, le gustaría algún día trabajar en la conservación del patrimonio religioso de Costa Rica, es vecino de San Ramón de Alajuela y tiene 24 años de edad. Contacto: sepajudas@hotmail.com