Durante el Imperio Romano se mantienen vigentes las cuatro principales y grandes escuelas griegas de la filosofía: epicureísmo, estoicismo, platonismo y aristotelismo. Tanto el platonismo, como el aristotelismo y estoicismo, se oponían drásticamente al epicureísmo, al considerarlo enemigo común, en su sentido más estricto, pues, aunque éstos no eran totalmente ateos, al admitir dioses que no guardaban una relación con el universo, y al proclamar propiamente el principio único de que el placer era el fin supremo, el epicureísmo se rebajó obviamente en muchos de sus adeptos, y de ahí a que, poco a poco, con el paso de los años, llegara a convertirse en un símbolo prácticamente fundamental del ateísmo.
Por este hecho, fueron acusados, en primer lugar de ateos, y en segundo término de licenciosos.
Las tres restantes escuelas, además de su enfrentamiento común y propio al epicureísmo, experimentaron un profundo proceso de acercamiento mutuo; algo que se podrá distinguir y observar en su mayor amplitud a partir de aproximadamente el siglo I a.C., destacando dentro de este mismo “proceso” filósofos tales como Antíoco de Ascalón (platónico) o Posidonio de Apamea (estoico).
En este mismo proceso, la corriente platónica resultó ser la más fuerte, convirtiéndose con ello, valga la redundancia, en la principal corriente filosófica, e incluso llegó a acoger dentro de ésta elementos fundamentales de las otras dos escuelas.
Es preciso reseñar, que a partir de aproximadamente el siglo III d.C., la única doctrina importante será el neoplatonismo, cuyo fundador será Plotino, prolongándose en distintos lugares durante los siglos posteriores.
Destacaron filósofos neoplatónicos tales como: Porfirio, Jámblico, Juliano el Apóstata, Proclo, Edesio de Capadocia, los cuales seguían defendiendo las doctrinas propuestas por Platón años atrás, en donde había distinguido, dos mundos (mundo de las ideas, y mundo sensible), cuya idea suprema se encontraba la idea del Bien
Los platónicos y neoplatónicos insistían fuertemente en la trascendencia del principio supremo; un principio situado más allá de toda realidad. El abismo existente entre éste y el mundo sensible se salvaría teniendo un “puente” de realidades principales intermedias.
En esa concepción neoplatónica de la realidad se cumpliría el denominado principio de plenitud, a partir del cual la totalidad de lo real constituye una cadena en la que no faltará ningún eslabón, una sucesión cuya perfección disminuye a medida que su lugar en la escala se alejará del primero.
De este modo, aparecerá un conjunto de doctrinas que, a fin de cuentas, resultó ser muy útil al cristianismo, para la formulación de sus ideas teológicas en algunos aspectos.
El Estoicismo y la Filosofía Romana
Los pensadores romanos eran diferentes a los griegos. Se caracterizaban por ser principalmente prácticos y no especulativos ni metafísicos.
Después de la muerte de Alejandro Magno, en el 323 a. de C., la cultura griega comenzó a formar parte del Imperio Romano.
Las ciudades de Corinto, Esparta y Atenas, sin dejar de ser autónomas quedaron circunscriptas a un área más amplia.
La filosofía se orientó hacia la ética y la práctica volviendo a las enseñanzas de los filósofos presocráticos para explicar el mundo, el estoicismo volvió a la física de Heráclito y el epicureísmo al atomismo de Demócrito.
En Roma, la filosofía formaba parte del ciclo educativo y su principal función era satisfacer las necesidades y las inquietudes religiosas del hombre.
Las clases altas eran incrédulas respecto a la mitología popular, por lo tanto derivaban sus aspiraciones espirituales hacia los distintos cultos que se introducían en el imperio desde Oriente, o se volvían hacia la filosofía, en lugar de adherirse a la religión oficial del Estado, eminentemente práctica.
El estoicismo y el epicureísmo trataban de darle al hombre grecorromano una base segura que orientara su vida como individuo, unos apoyándose en la ética y otros en la religión.
Tanto el estoicismo como el epicureísmo coinciden en una cosa: el ente es cuerpo, aunque para estas doctrinas este concepto tenga un significado diferente.
El epicureísmo sostiene que el materialismo es el resultado del atomismo, es decir, el único sentido del mundo es la voluntad del sabio de ser feliz.
Para el estoicismo el materialismo es sólo una apariencia.
Los estoicos, utilizan los términos “ente” y “ser” sólo para señalar un tipo de ente corpóreo y no para indicar un no-nada, ya que para esto último utilizan el pronombre neutro “ti”, que significa “algo”, afirmando que más allá de ese algo que es cuerpo hay algo que no es cuerpo.
Un ejemplo son los significados que están contenidos en el pensamiento, que se expresan a través del lenguaje.
El desarrollo de la filosofía helenístico-romana tiene tres etapas en el tiempo, desde el siglo IV a. de C. hasta concluir en Alejandría en el siglo VII d. de C, caracterizadas por la filosofía estoica y epicúrea, centradas en la conducta, la felicidad personal del hombre; y orientadas hacia la filosofía presocrática.
En una primera etapa se encuentran el escepticismo de Pirrón y las Academias Media y Nueva, que nacieron en oposición a los estoicos y a los epicúreos.
En una segunda etapa se vivió algo parecido con una marcada vuelta a la ortodoxia filosófica con un profundo interés en los fundadores de las escuelas, sus vidas y sus obras.
La tercera etapa fue el intento de conciliar los elementos destacados de las doctrinas filosóficas considerados válidos y de las religiones de Oriente y Occidente, formando un sistema que reuniera a todas las escuelas filosóficas.
El fundador de la escuela estoica fue Zenón. Uno de sus discípulos fue Crisipo, y sus sucesores fueron Zenón de Tarso y Diógenes de Seleucia. Estos últimos fueron embajadores de Atenas en Roma para intentar conseguir la exención del tributo, causando gran admiración entre los jóvenes romanos.
Aspiraban a orientar la existencia humana hacia la evolución moral del individuo, la cual era considerada la salvación.
En Roma alcanzó su mayor expresión en pensadores como Lucio Anneo Séneca, Epícteto y Marco Aurelio.
Para los estoicos, vivir en armonía con la naturaleza y conforme al orden universal era la base fundamental de la conducta humana.El estoicismo en Roma se convirtió en la conciencia moral de la sociedad.
Una política tan agitada como fue la romana, forzosamente tuvo que dar origen a grandes oradores públicos que pudieron hacer sus primeras armas en el Senado y en el foro.
A partir del siglo I se inicia la decadencia romana, pero aún surgen figuras extraordinarias, entre las cuales no es posible olvidar a un español, el cordobés Séneca. Fue un filósofo estoico y un hombre recto y noble. Escribió De la ira y Epístolas a Lucilio. Fruto de la época fue la aparición de numerosos escritores satíricos.
¿Qué creían los romanos que ocurría después de la muerte?
Cuando mueres (si “tú” eres un buen romano creyente), eres escoltado hasta el rio Estigia por los espíritus. Allí todos los que han fallecido recientemente se encuentran con Caronte, el barquero. A él se le tiene que dar una moneda, un obolus (aunque un aureus, según algunas creencias, proporcionaría un mejor asiento en su bote), que previamente se debía haber introducido en la boca del difunto. Este pago no es tan representativo del dinero, cuanto de la relación entre el dios y el hombre, reconociendo tus deberes hacia los dioses y su guía y protección.
En la otra orilla del río Estigia, el muerto se encontrará con Cerbero, un perro de tres cabezas que pertenece al Padre Dis, dios del ultramundo. Cerbero será amistoso; él no lo es tan sólo cuando alguien trata de salir del ultramundo sin autorización. Tras ello encontrarás ante tres jueces, Minos, Radamantos y Aeacus, quienes preguntarán sobre tu vida. Después de que se haya relatado, será dado el agua del rio Leta, el río del olvido y uno de los cinco ríos del ultramundo. Ésta agua hace olvidar tu vida pasada. Después serás enviado a los campos Elisios (una versión del paraiso) si ha sido un guerrero o un héroe; la llanura de Asfodel si ha sido un buen ciudadano, donde continuarás llevando una buena vida como una sombra; o, si ha ofendido a los dioses, al Tártaro, donde será castigado por las Furias hasta que tu deuda con la sociedad se haya pagado (no hay una “condena eterna” en el ultramundo romano, aunque se puede estar mucho tiempo, dependiendo del crimen que se haya cometido). El castigo depende del crimen. De vez en cuando, Dis o Perséfone, la reina del ultramundo, indultan a un candidato de este proceso y es devuelto de nuevo a la vida, sobre todo si el muerto fue injustamente asesinado. Se le da a tomar el agua del olvido y se le devuelve a través del rio Estigia, posiblemente con un obsequio para Cerbero.
Filosofía Bizantina
La comprensión de la Edad Media y del Renacimiento se dice ser el prefacio a la Filosofía Bizantina, así como de las contribuciones de los pueblos eslavos y los árabes a la civilización occidental, han de ganar mucho profundizando los conocimientos acerca de Bizancio […] el único lugar donde se puede seguir paso a paso, sin cortes bruscos, hasta consumarse, la transformación del pagano en cristiano.” En Bizancio perduraron la cultura y la lengua griegas, interactuando con el derecho romano y la fe cristiana, en un contexto de relativa estabilidad que se prolongó hasta la caída del Imperio Romano de Oriente en el siglo XV. Sin embargo, a pesar de su valor e importancia en la génesis de lo que Occidente es, la filosofía de los bizantinos no ha sido estudiada suficientemente y suele quedar en un segundo o tercer plano dentro de las historias de la Filosofía.
Su inicio suele situarse en el siglo VI, cuando el peso de la tradición se hizo más fuerte para los autores que su propia creatividad y la ortodoxia pasó a ser un valor fundamental. De entre sus muchos representantes, aquí se ha escogido a algunos de los más destacados. Haciendo clic sobre los nombres se accede a una presentación de la vida, la obra y el pensamiento de cada uno de ellos.
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS
- Aula siglo XXI. Historia del mundo y de las artes. Edición 2001. Impreso en España.
- Aranguren Javier. Razones del filosofar en “Lo que pesa el humo”.Ediciones Rialp, Madrid 2001.
- Gazitúa Víctor. Formulación ontológico científica de El Ser y el Tiempo, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1963
- Ortega Elizondo, Giselle. Guía para interpretar obras de arte a partir de un modelo de análisis: síntesis del arte universal, latinoamericano y costarricense.1ª ed. San José, Costa Rica. EDITORAMA, 2002.
Dianna Abarca, estudiante de artes plásticas de la Universidad de las Ciencias y el Arte de Costa Rica. Contacto: diabarca@yahoo.es