LAS CULTURAS MESOPOTÁMICAS EN EL PENSAMIENTO FILOSOFICO

LAS CULTURAS MESOPOTÁMICAS EN EL PENSAMIENTO FILOSOFICO

A las teorías del origen del mundo, que ayudan a conocer nuestro “Pasado”, hay que sumar, como grandes avances de otras ciencias, otras grandes teorías en relación a nuestros antecedentes físicos y culturales: el asentamiento de nuestros orígenes homínidos (hallazgos trascendentales que han ido completando la cadena de eslabones que va desde la separación de los homínidos hasta el final del paleolítico superior); el redescubrimiento y traducción del período previo al clasicismo greco-romano, de las antiguas civilizaciones del Próximo Oriente Antiguo (Mesopotamia principalmente); y, todavía en período de estudio e interpretación, el período histórico previo a la escritura del arte creado por el ser humano en el paleolítico superior, tanto en cuanto arte mobiliario como arte rupestre, como en relación a los importantes megalitos.

Los antecedentes recuperados de las antiguas cultura desarrolladas en los cauces del Tigris y el Éufrates, hace ya entre seis y dos milenios. Esta recuperación no desmerece el sello de originalidad que ha tenido el clasicismo griego y romano, pero resulta de gran importancia para la comprensión del progreso cultural de la humanidad, dar cuenta de tales suposiciones de realizaciones enciclopédicas, y progreso por tanto del saber, así como de la particular de estas civilizaciones, marca que paradójicamente, reafirma el carácter empírico de tal cultura.

FILOSOFIA Y MESOPOTAMIA

En lo que concierne a la Filosofía (contrariamente a la astronomía, una de las disciplinas que mayor mérito han ido perdiendo durante el siglo XX) sin duda, este redescubrimiento de los orígenes mesopotámicos, no ha sido convenientemente valorado e integrado dentro del contexto de la Filosofía Antigua. Se ha acusado al pensamiento oriental pre-filosófico como anexado al mitologismo vigente.

El redescubrimiento de las culturas mesopotámicas (siendo Babilonia su capital más simbólica junto a Uruk, Ur y Nínive)  no afecta a la originalidad del pensamiento griego de Sócrates, Platón y Aristóteles. Aunque se dice que todavía faltan estudios sobre la forma en que los primeros pensadores (Tales de Mileto, Pitágoras y Heráclito, pudieron resultar decisivamente influidos por el carácter y avances de la culturas mesopotámicas.

Se pude evaluar dicha influencia de dos formas: buscando nexos entre el pensamiento de estos autores y la cultura mesopotámica, o buscando nexos desde la cultura mesopotámica hasta estos autores.

La primera vía se presenta mediante, entre otros motivos, por el carácter legendario de las biografías de tales pensadores, o la propia fragmentación de sus obras.

La segunda vía, si damos por válido que el parcial recuperado de la cultura mesopotámica (un 10% del total de textos cuneiformes) es bastante representativo del conjunto final, presenta elementos interesantes a la hora de interrelacionar ambos parámetros.

Una de las conclusiones obvias, presente en el trabajo de campo de dos importantes asiriólogos clásicos: Abraham Sachs y Otto Neugebauer, es el carácter netamente empírico de esta cultura.

Mientras la cultura griega presenta ese elemento original de “racionalidad” y “materialismo”, podemos considerar que las culturas mesopotámicas, desde los sumerios y acadios, pasando por amorreos, cassitas y asirios, acabando con los conocidos caldeos, presenta constantemente, en relación a su estudio del campo celeste (cosmología, astronomía, astrología y mitología celeste) un denominador común netamente y constantemente “empírico”.

Este empirismo es el factor que se halla detrás de importantes avances de las ciencias celestes: la identificación de estrellas y su primer abstracto: las constelaciones; la subdivisión del espacio circular solar en un zodíaco de doce sectores, en épocas más recientes, de igual tamaño (semejantes y por tanto precursores de los doce signos astrológicos), etc.

Mesopotamia y la representación del universo: Babilonios y sumerios ante el origen del cosmos

La concepción teocéntrica puso de relieve el pequeño lugar que el ser humano ocupaba en el cosmos y desarrolló una reflexión moral.

El pensamiento mesopotámico se encuentra contenido en hechizos, himnos, oraciones y rituales. Aunque también hay que tener en cuenta los diferentes y numerosos mitos que constituyen una indudable fuente de información, pero que han de ser interpretados y no es tarea fácil entender entre los que contienen explicaciones ciertas y aquellos que forman parte de encantamientos y de rituales de fiestas religiosas, que contenían episodios expresados mediante gestos. Estos textos ponen de manifiesto diferentes mentalidades: sumerios, semitas, cada uno impregnó sus concepciones con un nuevo espíritu. Tanto babilonios como sumerios aceptaron la identidad del nombre y de la cosa significada, para ellos el tener un nombre era sinónimo de existir, además el conocimiento de los nombres divinos tuvo una enorme resonancia.

En lo que respecta a la formación del universo y a la naturaleza, la creencia era que la tierra y el cielo se encontraban unidos en un principio. La diosa Nammu era la madre del cielo y de la tierra, y ella representaba un abismo de agua dulce sobre el que reposaba y flotaba el mundo. Así, para los sumerios, el abismo de agua dulce era el que había dado lugar al nacimiento del cielo y de la tierra, unidos en un todo, bajo la forma de una montaña, y de esa unión surgió el dios de la atmósfera, que fue quien los separó.
En las cosmogonías de los babilonios se pueden encontrar algunas como la que hace referencia al tiempo en que la totalidad del país era un mar. Los dioses primitivos eran creados o surgían, cual si hubiesen salido por emanación, de aquella pareja inicial. El primero de los dioses que apareció dotado de determinada personalidad fue Ea, dios de las aguas, denominado el procreador, y al que se describe antropomorfizado.

En cuanto a los dioses más jóvenes, entraron en conflicto con sus antepasados debido al ruido que la generación más joven producía en sus salidas y entradas.

Pero tanto los dioses, como los hombres, como la tierra, formaban parte del cosmos, todos tenían una materia común primitiva, y se encontraban incluidos en su devenir. Y fue en la conciencia de los dioses donde tuvo lugar la génesis de los primeros deseos de muerte.

Sumerios y babilonios adoraron tres tipos de divinidades; el cielo, las aguas, la tierra y los infiernos, que corresponden a los diferentes elementos del mundo; el sol, la luna y las estrellas, que son las divinidades astrales; y el fuego, el rayo, el huracán y los dioses de la fecundidad, que constituyen las fuerzas de la naturaleza. Esto pone de manifiesto el intenso sentimiento de comunión con la naturaleza, a la par que la concepción de lo ilimitado del cielo, de la fuerza del viento y de la fecundidad de las aguas. El ser humano se siente así empequeñecido ante la inmensidad y ante el juego de las fuerzas de la naturaleza, y atribuye a los principios creadores unos sentimientos y una inteligencia comparables, o incluso superiores, a los de los hombres.
La concepción sumeria y semita contaba con una regla que constituía el germen de la existencia de todos los seres vivos y de las actividades creadas, se trataba de una especie de arquetipo que dirigía y fijaba el funcionamiento y la naturaleza de la existencia. (Los dioses poseían ese arquetipo o totalidad) y lo transmitían, pero no lo creaban, porque era un poder eterno una fuerza sin igual capaz de concretarse en los seres que la ejecutaban.
Mientras que los sumerios admitieron que existían poderes divinos abstractos, independientes de los dioses, los semitas, por su parte, no concibieron una trascendencia que fuera externa a los dioses, y lo que hicieron fue desarrollar al máximo el concepto de personalidad.

De todos modos, los babilonios, al aceptar y adoptar como suyo el panteón sumerio, asimilaron también sus propias divinidades a las de sus vecinos, y las circunstancias políticas no hicieron más que acelerar tal proceso. Cuando las monarquías de Asiria y de Babilonia lograron conformar unos imperios universales, esa unificación de territorios sirvió también para unificar el panteón. Al mismo tiempo que se produjo ese proceso unificador, ese movimiento hacia la unidad, se produjo un fuerte interés por profundizar en el mismo concepto de dios, aunque no se superó el antropomorfismo, sí que se llevó a cabo un esfuerzo de abstracción, y una insistencia en el sentimiento hacia lo desconocido.

¿Qué sucede entonces con el hombre? en una concepción tan teocéntrica, el ser humano apenas tiene cabida, sólo puede ocupar un pequeño lugar, ha sido creado para servir a los dioses. Por su propia naturaleza, el hombre perpetúa el sacrificio, es decir, que asume, de forma indirecta, la falta que los dioses cometieron, así como el castigo. Por lo tanto no puede admitirse un estado de pureza inicial para el hombre, dado que, aunque no haya cometido esa falta, su origen divino ya se encuentra manchado por ella, de modo que ha nacido impuro. El ser viviente era considerado como un todo, y el aliento proporcionado por los dioses al hombre permitía el nacimiento de éste, y al ser retirado tal aliento (que tomó el sentido de vida) el individuo se convierte en una especie de sombra indiferenciada que, o bien se retira a los infiernos, o bien vaga en busca de alimento y de una sepultura digna. Precisamente la suerte que puedan correr los muertos es lo que más preocupó a los narradores, esa oscuridad que les rodeaba, o el polvo del que probablemente se alimentaban; la muerte trajo consigo y activó la reflexión acerca de la moral.

En Mesopotamia la justicia adquirió una gran importancia, las numerosas leyes y normas de los asirios y de los babilonios manifiestan esa preocupación jurídica. Pero esas leyes y esas normas que los soberanos propugnaban no trataban de servir únicamente para regular la vida social de los individuos, sino que ponían de relieve la preocupación por el hecho de que sea la justicia la que impere, así como el orden de los dioses, y manifiestan la justicia y el orden del mundo supremo de las divinidades. Ese interés por la justicia pretendía la supresión del perverso y del malvado, pretendía impedir que el débil fuera aplastado por el fuerte, para con ello proporcionar luz al país. Ahora bien, también se planteó el problema de cómo dar explicación al hecho de que el justo sufra y el perverso triunfe, puesto que si los dioses, que son los que gozan del mayor poder, tienen en sus manos la vida de los hombres y recompensan la justicia y castigan la iniquidad, ¿cómo explicar tal injusticia? El problema fue planteado ya en la dinastía Ur y hubo tres textos dedicados a esta cuestión. Ante todo, las soluciones apuntan hacia el hecho de que el sufrimiento da lugar a la certeza de la liberación, y desde ese momento se efectúa el ascenso. Los dioses conservan su poder y su control, pero sin olvidar la voluntad de comprender por parte del hombre y la creencia implícita en el valor que tiene la argumentación racional, que proporciona una integridad al ser humano capaz de enfrentarse a todo cuanto surja en su camino.

Acerca del investigador/a

Dianna Abarca Dianna Abarca, estudiante de artes plásticas de la Universidad de las Ciencias y el Arte de Costa Rica. Contacto: diabarca@yahoo.es